UN VIAJE QUE PROMETIA MUCHO...
Mi viaje a Lanzarote fue una experiencia contradictoria, casi como yo misma en ese momento. Nos alojamos en un gran hotel resort, enorme, cómodo y bonito, un lugar que prometía descanso y desconexión, y que en parte lo cumplió. Allí hubo momentos de calma, de silencio interior y de sentir que, al menos por instantes, todo estaba bien.
Sin embargo, fuera de ese refugio, muchas de las excursiones fueron decepcionantes. Lugares que esperaba que me emocionaran se quedaron a medio camino, y esa sensación de ilusión rota se fue acumulando poco a poco. A eso se sumó una compañía que fue, al mismo tiempo, muy buena y no del todo acogedora: hubo risas, apoyo y presencia, pero también momentos en los que me sentí sola, fuera de lugar, como si no terminara de encajar.
Aun así, entre esas luces y sombras, lo más importante fue descubrir que podía sostenerme por mí misma. Viajar prácticamente sola, incluso estando acompañada, me obligó a escucharme, a cuidarme y a seguir adelante sin apoyarme del todo en nadie más. Lanzarote no fue el viaje que imaginé, fue un pequeño desastre emocional, pero también una alegría profunda. Porque, pese a todo, volví sabiendo que puedo conmigo, incluso cuando el entorno no es tan acogedor como esperaba.
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